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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-07-2013

Resistencias ante el presente: cuatro notas sobre el sujeto

Arturo Borra
Rebelin


1. En la extensa entrevista audiovisual El abecedario de Gilles Deleuze (1988), producida y realizada por Pierre Andr Boutang, se le formula al autor la siguiente pregunta, refirindose a algunas figuras intelectuales (artistas, filsofos y cientficos): A qu resisten exactamente?. Deleuze en su respuesta se encarga de matizar que no se trata invariablemente de resistencia. La posicin ambigua de las ciencias en el actual contexto no parece ocultable, aunque sean muchos y muchas aquellos que resisten () al arrastre y a los deseos de la opinin corriente, a todo ese dominio de interrogacin imbcil. Por su parte, tambin el arte [aunque mejor sera decir cierto arte] consiste () en liberar la vida que el hombre ha encarcelado.

La ecuacin sera la siguiente: crear en el sentido radical del trmino- es resistir. Citando a Primo Levi (superviviente de los campos de exterminio nazi), Deleuze seala que uno de los motivos del arte y el pensamiento es una cierta vergenza a ser un hombre. No se refiere al tpico de que todos somos asesinos. La idea de una culpabilidad colectiva disuelve responsabilidades desiguales. Incluso si admitiramos algn grado de complicidad con lo existente, ello no niega niveles asimtricos de responsabilidad en la construccin social del presente. Semejante generalizacin sera una confusin burda entre vctimas y verdugos. La vergenza de ser humano, con todo, persiste incluso entre las vctimas del nazismo: vergenza por que algo semejante al exterminio haya sido posible para otros humanos; vergenza de m por haber transigido ante lo que esos otros hacan: No me he convertido en verdugo, pero he transigido bastante para haber sobrevivido. Y, en tercer lugar, vergenza por haber sobrevivido yo y no cualquier otro.

Reformulemos, pues, la afirmacin de Deleuze en nuestro contexto discursivo: la creacin intelectual puede devenir una forma especfica de resistencia, esto es, un modo de afrontar la vergenza que sentimos. Por lo dems, no tenemos por qu confinar la creacin al campo artstico o al campo intelectual, aun si reclamramos a sus participantes responsabilidades especficas en la actual configuracin social. Podemos resistir creando otras posibilidades en cualquier campo de la actividad humana, al menos, en cuanto nos salimos de ese dominio de interrogacin imbcil en el que habitualmente nos movemos. As planteadas las cosas, no slo no deberamos dar por descontada esa resistencia -intelectual, tica o poltica- sino que sera preciso dar cuenta, simultneamente, de otras respuestas sociales marcadas por la resignacin, el conformismo y la indiferencia ante las atrocidades que se repiten en el presente.

2. La objecin es previsible: puede que esas vctimas se hayan sentido avergonzadas ante lo que (les) ocurri. Pero, al fin de cuentas, los campos de exterminio son cosa del pasado, algo ignominioso que ha quedado atrs y que no nos atae directamente. No bien mencionemos los CIE, los campos de refugiados, Guantnamo o las crceles secretas de la CIA, nos replicarn que no es lo mismo. Si procuramos nombrar las vejaciones del presente torturas, asesinatos selectivos o en masa, atentados, persecuciones ideolgicas, guerras imperiales, espionaje masivo, etc.- insistirn en que, a pesar de todo, hoy se las condena de forma rotunda a diferencia de otros tiempos.

Es cierto que podramos replicar que esa condena moral universal no existe o que es completamente insuficiente. El problema, sin embargo, es mucho ms grave: adems de persistir la lgica del campo (2), tras las variaciones fenomenolgicas, la fuerza de lo atroz mantiene su vigor. Lanzados a este crculo de supervivencia, incluso lo mortfero esto es, males sociales endmicos como la desnutricin infantil y las hambrunas, la destruccin medioambiental, el desempleo y la explotacin, la marginacin social y la pobreza, el incremento de las asimetras de poder, etc.- termina siendo minimizado no slo por los poderes estatales, mediticos y econmicos, sino tambin por buena parte de la propia ciudadana, atrapada por el pnico a perder lo que (no) tiene. La globalizacin de la catstrofe convierte los pequeos desastres diarios en riesgos presuntamente inevitables de la vida. Puestos en la lgica binaria de la vida o la muerte, sobrevivir podra resultar para muchos un mal menor. Naturalizada la exclusin social, el problema suele quedar reducido a quines son los que quedan fuera, sin reparar siquiera en que se puede estar dentro de modos diferentes, incluyendo esos modos que excluyen la posibilidad de otra vida.

Situados en una perspectiva histrica, esta naturalizacin muestra una diferencia sustantiva: hasta tiempos relativamente recientes, las sociedades europeas mantenan intacta la ilusin de que todo ese horror innombrable estaba demasiado lejos para afectarlas. Lo atroz es lo que ocurra con el Otro, por no decir que, segn esa percepcin dominante, lo atroz era el Otro a secas. Pero tambin esa ilusin ha estallado: la otredad es parte de la mismidad. Los males se multiplican de manera irrefrenable en las propias periferias europeas. En la proliferacin de la miseria, la estafa planificada, la transferencia de recursos pblicos a las elites empresariales y bancarias, el latrocinio monumental propiciado por la alianza entre sistema poltico y sistema econmico-financiero, la primaca de una cultura cnica que claudica en sus compromisos inclusivos a la vez que exacerba su individualismo hedonista.

Lo atroz quizs ya no puede nombrarse de forma exhaustiva. Escapa al concepto. No por exceso de profundidad sino por multiplicacin de facetas, por su existencia banal y extendida. La enumeracin falla. Siempre hay ms. Lo relevante es la matriz que produce esas atrocidades en las que vivimos. Las que a fuerza de repeticin dejan de escandalizar, las que se instalan como parte estable de un capitalismo en ruinas, que se reproduce haciendo estragos, abatiendo ingentes masas sociales de las que cada cual, de forma ms ilusoria que real, se autoexcluye, como si estuviramos a salvo en el reparto de las desigualdades.

3. Resistir es crear otras posibilidades vitales: convertir la vergenza en un sentimiento revolucionario que nos permita dejar de transigir, esto es, no ceder a la poltica de resignacin que hegemoniza nuestro presente. Por eso la indignacin no puede bastar si no deviene rebelin. Mucho menos la queja privada que, adems de pasivizar al sujeto, permite de manera indefinida su coexistencia con el mal que lo aqueja. Desafiar esa resignacin es movilizar nuestra energa poltica. Articular frentes de lucha en comn en torno a proyectos colectivos que pongan en crisis la formacin capitalista misma (y no slo su variante neoconservadora).

La vergenza es parte de nuestra experiencia social. No hemos hecho ms que otros para evitar la maquinaria del sacrificio. No somos verdugos, pero permitimos que ellos sigan hacindolo. Llmese saqueo visible, crimen organizado, expolio, corrupcin sistmica, impunidad. Claro que no bien queremos identificar ese ellos, los rostros tambin se hacen mltiples. No estn del otro lado. Ni lejos. No es una cuestin irrelevante si preguntamos a cada cual qu est haciendo (qu estamos haciendo) para no permitir lo atroz. Para no conformarnos con estar dentro, aunque se trate de un mal-estar, de una presencia al lmite de lo presente. En particular, ante el dficit de reflexin en torno a lo que Bourdieu llama especialistas en el manejo de los capitales simblicos, resulta de vital importancia preguntarse qu estn haciendo esos sujetos para no comportarse como verdugos. Puesto que los intelectuales no constituyen una categora independiente y autnoma de individuos, sino que pertenecen a grupos sociales determinados, no slo no es lcito presuponer su participacin en prcticas sociales transformadoras, sino que tambin exige indagar cmo participan en la produccin de hegemona.

Para decirlo de un modo inclusivo: ante la ofensiva radical del capitalismo financiero, qu estamos haciendo los sujetos acadmicos, cientficos, artsticos y filosficos? Cmo resistimos, si lo hacemos, quienes participamos en el trabajo intelectual, incluyendo a los periodistas como supuestos profesionales de la (des)informacin? Las preguntas no se detienen ah: qu ocurre con los millones de trabajadores y trabajadoras, con los parados y paradas, con los movimientos estudiantiles, con los movimientos de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales, con los diferentes sindicatos, los colectivos inmigrantes y refugiados, en suma, con los cientos de miles de humanos afectados por una poltica de lo atroz?

4. Sera un error suponer que la baja participacin en las protestas pblicas responde sola o principalmente a la desafeccin ciudadana, la despolitizacin y el escepticismo ante manifestaciones colectivas desodas de forma sistemtica por gobiernos autistas o el apoyo vergonzante a las actuales direcciones gubernamentales. No hay por qu descartar algo ms desconcertante: la perplejidad extendida ante una poltica de shock globalitaria que no cesa de expandirse.

No es preciso disociar esas dimensiones. Probablemente, el irregular nivel de movilizacin sea sntoma de unos consensos mayoritarios erosionados pero persistentes y, simultneamente, de una perplejidad poltica de los que, de formas diferenciadas, somos damnificados. No es precisamente ese estado de nimo colectivo lo que bloquea la articulacin crtica de una prctica poltica radical, con fuerza suficiente para poner en crisis la hegemona actual? No habra incluso que ir ms all de lo que es inmediatamente reconocido como poltico, para desplazarse al anlisis crtico de nuestras formas colectivas de vida?

Tal vez sea preciso insistir en el punto: nadie escapa de ese estado como no sea mediante un trabajo (auto)crtico que nunca est asegurado. Dicho de otra manera, no hay posibilidad de rebelin sin el cuestionamiento radical del mundo, de nuestras formas de existencia y de nosotros mismos. Todava seguira siendo una mera coartada si a ese espectro de la crtica no le exigiramos la encarnacin en una prctica social transformadora. Ante la vergenza de nuestra complicidad que la crtica hace manifiesta, nos queda la posibilidad del acto: la creacin de una praxis colectiva que interrumpa su permisividad, incluso aquella que se justifica tericamente.

No se trata, en este sentido, de un llamado simple a la accin. No todo activismo es de por s mejor. De forma complementaria, la tesis marxiana de la autodestruccin del capitalismo a partir de las contradicciones de su ley de desarrollo histrico es, de mnima, dudosa. No hay nada que indique que la formacin capitalista no pueda reproducirse en medio de los escombros, incluso si ello supusiera una mutacin histrica radical a partir de la institucionalizacin de una gobernanza supranacional sustrada a los poderes democrticos. En ltima instancia, la condicin de existencia de nuestra formacin social es la produccin de un mundo arruinado en el que sobreabundancia y carencia coexisten.

En ese contexto, reflexionar sobre nuestras posibilidades de accin y su articulacin con otras prcticas a nivel global se convierte en una necesidad poltica de primer orden. Es parte de nuestra responsabilidad ante una exigencia de justicia. No basta cuestionar las actuales estructuras polticas, econmicas y culturales si no cuestionamos, simultneamente, a los sujetos individuales y colectivos que las sostienen. Cuestionar ciertas teoras del sujeto, entonces, no habilita a clausurar la reflexin en torno a ste. El sujeto no es un mero soporte pasivo de estructuras cerradas, sino agente que participa en la reproduccin/ transformacin del presente. Demasiado a menudo olvidamos -a pesar de algunos filsofos- que no slo la historia nos hace sino que tambin nosotros hacemos la historia efectiva. La concepcin (objetivista) de una historia sin sujeto se limita a invertir el idealismo (subjetivista) de un sujeto sin historia, pero no permite subvertir a los sujetos histricos que, en condiciones materiales especficas, plantean una relacin determinada con lo que heredan. Incluso si furamos moscas atrapadas en una telaraa, nuestro deseo de salir no perdera fuerza.

La vergenza sigue ah. Estamos auto-divididos, auto-alienados, somos esquizoides. Nosotros los-que-gritamos somos tambin nosotros-los-que-consentimos (3). La vergenza de consentir es tambin la que nos incita a gritar. Precisamente porque las grietas de la realidad social son cada vez ms numerosas, es a nosotros a quienes atae convertir esos gritos colectivos en nuevas intervenciones histricas que nos lleven ms all de la desolacin del presente.

Notas:

(1) Si bien Gramsci utiliz la nocin de bloque histrico para referirse primordialmente a las alianzas de clase, en un sentido amplio bloque alude aqu a un tejido de alianzas inestables entre sujetos sociales ms o menos heterogneos que participan en la produccin de una direccin poltica, moral e intelectual a nivel colectivo. Dichas alianzas son condicin de existencia de la articulacin hegemnica de diversas demandas que no son coincidentes a priori (de lo contrario, sera superflua la articulacin misma). Hay articulacin porque el bloque histrico mismo es inestable y est atravesado por conflictos.

(2) Para un anlisis obre la lgica del campo puede consultarse Giorgio Agamben, Medios sin fin, Pretextos, Valencia, 2010.

(3) Holloway, John, Cambiar el mundo sin tomar el poder, El Viejo Topo, Espaa, 2002, p. 201.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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