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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-04-2017

Microrracismos

Arturo Borra
Rebelin


La mquina retrica de produccin de agravios racistas y xenfobos, as como el imaginario etnocntrico que la sustenta creando prcticas sociales concretas, opera de forma transversal, mucho ms all de una localizada ultraderecha. Limitar el anlisis a esa ultraderecha o incluso a una dimensin institucional resulta insuficiente a raz de la propagacin de estos fenmenos, incluso si buena parte de la progresa, en su voluntad de ceguera, prefiere no saberlo. Recluir el peligro y negar estos fenmenos con un silencio que es cualquier cosa menos (auto)crtica radical, son formas de minimizar la propia colonialidad europea que instaura una relacin jerrquica y desigual entre diversos sujetos segn su procedencia o sus rasgos tnicos. El propio desconocimiento del racismo es racista, en tanto construye como zona de desinters o rea irrelevante una problemtica central en las condiciones del presente, desentendindose de sus efectos estructurales sobre la vida de las personas y grupos que la padecen en su vida cotidiana.

Aunque sea de forma sumaria, necesitamos reconstruir el modo de subjetivacin que sostiene (y es sostenido, en relacin circular) esas prcticas discriminatorias. Una reconstruccin de este tipo, claro est, no se limita a las declaraciones explcitas del sujeto o a sus enunciaciones conscientes, sino que implica internarse en un nivel molecular, ligado a sus modos de sentir y percibir, imaginar e interactuar con los dems. Dicho de otro modo: se trata de reconstruir en mltiples dimensiones significantes el (micro)racismo que estructura las prcticas sociales hegemnicas.

Los ejemplos no cesan de multiplicarse. Desde la extraeza que suscita un estudiante negro en la universidad hasta el cierre tendencial de las instituciones educativas al profesorado inmigrado y refugiado; desde la autoexclusin del racismo a partir de la invocacin de amistades o parejas mixtas hasta la sorpresa abierta ante la belleza de los sujetos racializados; desde el estupor suscitado ante el nivel educativo de algunas personas extranjeras hasta el asombro que genera que una persona que no es castellano-parlante alcance una competencia idiomtica avanzada, por no hablar de las sospechas ante un negro o un gitano que conduce un coche de alta cilindrada, el desprecio encubierto ante la clientela oriental a pesar de los ingentes beneficios que deja-, la mano que aprieta el bolso no bien se acerca un grupo de no europeos, el corazn que palpita ms de la cuenta cuando un rabe lleva mochila, el ceo fruncido no bien esos desarrapados que vienen de fuera tienen la osada de solicitar un servicio pblico, acceder a la escolarizacin o alquilar un piso. La misma irritacin que provocan sus crticas al racismo y la xenofobia ya son de por s sintomticas del lugar inferiorizado que se le asigna a esos otros, como si no tuvieran derecho a hablar. En suma: el racismo no slo es visible en las instituciones sino tambin en las interacciones cotidianas. El otro como sujeto comunicativo, cuando no es mandado a callar, es llamado espontneamente al orden.

La casustica, a los fines prcticos, es infinita. El enfado funcionarial mal disimulado ante el sujeto inmigrado que solicita una ayuda econmica pblica, el consejo paternalista de la mdica de quitarse el hijab porque est mal visto, la mirada eurocntrica que considera en bloque a las mujeres inmigradas como vctimas de violencia de gnero, la contrariedad suscitada por la solicitud de empleo de algn inmigrante en nichos reservados mayoritariamente a autctonos, el gesto obsesivo de comprobar la autenticidad de los billetes con que pagan los extranjeros, la sonrisa altanera de quien va a explicar cmo funcionan las cosas en Espaa, la desconfianza crnica ante aquellos forneos que quieren alquilar un piso sin tener que depositar fianzas por anticipado de tres o cuatro meses, la risa burlona de quien sospecha acerca de la veracidad de las intenciones de un matrimonio con un/a extranjero/a), son apenas algunas manifestaciones de estos microrracismos que ejercen una presin variable a la vez que constante sobre estos colectivos.

La mecnica racista no excluye, desde luego, una dimensin normativa, como ocurre por ejemplo cuando se invoca el derecho de admisin para apartar a personas no europeas de espacios de ocio y entretenimiento. Ms an: el racismo es justificado subjetivamente a partir de una vulgata que se ampara en  una presunta violacin de las normas nacionales o locales (elevadas a universales): no se quieren integrar, nos roban el trabajo y nuestras mujeres, copan la salud y los servicios sociales, no pagan impuestos, defienden el machismo, se dedican al robo y el trapicheo, su cultura es retrgrada y un largo etctera. Semejantes clichs, desde luego, escapan a todo examen crtico. Su estructura tpica resguarda de cualquier ejercicio de contrastacin y argumentacin. Lo que es peor: cuando son puestos en cuestin por el otro, el negacionismo (a todos nos pasa lo mismo) aflora como algo natural, ocultando as las estructuras de desigualdad y opresin especficas, provocadas en este caso por cuestiones que rebasan la clase a pesar de un cierto reduccionismo de clase persistente que ni siquiera ha tomado nota sobre el colonialismo y la colonialidad-.

Puede incluso que ese negacionismo hable en nombre del Otro, siempre y cuando pueda mantenrselo a distancia. La relacin didctica, humanitaria, caritativa, est asegurada. No es preciso contar con su protagonismo o su participacin; antes bien, se trata de fingir que el otro no existe, incluso si grita al lado. Ciertamente, la sola idea de que podra tratarse de una usurpacin de lugares o incluso de una poltica ilegtima de representacin es suficiente para excluir de toda interlocucin a quien as lo formula. Matar al mensajero se ha convertido en un efectivo ejercicio de desconocimiento.

Subjetividades racistas, entonces, relativamente independientes a los dispositivos institucionales que sustentan un orden de privilegios y segregaciones mltiples. Ciertamente, pueden rastrearse huellas de esos modos de ser/decir/hacer en diferentes pocas. Sin embargo, que esas estructuras opresivas sean de larga duracin no implica que sus formas no varen histricamente. De hecho, el grado de naturalizacin actual de estas formas discriminatorias es manifiesto, al punto de no escandalizarnos siquiera ante el humor tpico que se usa habitualmente en medios televisivos y radiales con respecto al moro, al sudaca, al amarillo o al gitano.

Ms all de esta fenomenologa del racismo, no deja de ser igualmente alarmante la facilidad con la que se justifican esas percepciones y sentidos en torno a los otros, sea a partir de un historicismo rampln (todos hubieran hecho lo mismo en esa situacin), sea a partir de un naturalismo abstracto (siempre ha sido as, puesto que as es la naturaleza humana). En ambos casos, no digamos ya la conquista de Amrica o los etnocidios cometidos contra los pueblos originarios sino los abusos de poder del colonialismo del siglo XIX/XX o el renovado colonialismo de principios del siglo XXI son legitimados en funcin de un presunto modo invariante de ser lo humano, fijando en la naturaleza lo que es producto de la historia.

En las actuales condiciones, no basta acusar a las instituciones europeas del actual apogeo racista y xenfobo y sus consecuencias desoladoras. Tampoco es suficiente con arremeter contra las industrias culturales hegemnicas o contra las segregaciones econmicas del capitalismo globalitario. Necesitamos, cada vez ms, interrogar la capilaridad del racismo en todo el tejido social, aquel que nos atraviesa a nivel inconsciente y que, por eso mismo, ms resistencias presenta al momento de ponerlo en crisis. Sin esa naturalizacin de la desigualdad tnica, cmo podramos por un instante seguir soportando la formidable destruccin de los otros que presenciamos, entre la indiferencia y la complicidad?

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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