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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-05-2017

Medioambiente e igualdad social

lvaro Garca Linera
Rebelin


Puede la naturaleza hablar? Puede la naturaleza contarnos los males que le afectan? Descontando el lenguaje verbal creado por el ser humano, la naturaleza no verbaliza; lo que s tiene es una capacidad infinita de comunicar, mediante otros lenguajes no proposicionales, un conjunto de conmociones que la estn perturbando. El calentamiento global es uno de estos cambios dramticos que a diario la naturaleza nos informa. Cambios abruptos del clima, sequias en regiones anteriormente hmedas; deshielo de glaciales, cataclismos ambientales, huracanes con fuerza nunca antes vista, desbordes crecientes de ros., etc., son solo unos de los cuantos efectos comunicacionales con los que la naturaleza informa de lo que le est sucediendo.

No obstante, la manera en que las catstrofes ambientales afectan la vida de la humanidad no es homognea ni equitativa; mucho menos lo es la responsabilidad que cada ser humano tiene en su origen.

Clase y raza medioambiental

En la ltima dcada, se puede constatar que las catstrofes naturales ms importantes estn presentes por todo el globo terrqueo, sin diferenciar continentes o pases; en ese sentido, existe una especie de democratizacin geogrfica del cambio climtico. Sin embargo, los daos y efectos que esos desastres provocan en las sociedades, claramente estn diferenciados por pas, clase social e identificacin racial. De manera consecutiva, hemos tenido en el periodo 2014-2016, los aos ms calurosos desde 1880, lo que explica la disminucin en el ritmo de lluvias en muchas partes del planeta. Aun as, los medios materiales disponibles para soportar y remontar estas carencias y, por tanto, los efectos sociales resultantes de los trastornos ambientales, son abismalmente diferentes segn el pas y la condicin social de las personas afectadas. Por ejemplo, ante la escasez de agua en California, la gente se vio obligada a pagar hasta un 100% ms por el lquido elemento, aunque esto no afect su rgimen de vida. En cambio, en el caso de la Amazona y las zonas de altura del continente latinoamericano se tuvo una dramtica reduccin del acceso a los recursos hdricos para las familias indgenas, provocando malas cosechas, restriccin en el consumo humano de agua y ‒especialmente en la Amazona‒ parlisis de gran parte de la capacidad productiva extractiva con la que las familias garantizaban su sustento anual.

Asimismo, el paso del huracn Katrina por la ciudad de Nueva Orleans en 2005, dej ms de dos mil muertos, miles de desaparecidos y un milln de personas desplazadas. Pero los efectos del huracn no fueron los mismos para todas las clases e identidades tnicas. Segn el socilogo P. Sharkey [1] , el 68% de las personas fallecidas y el 84% de las desaparecidas eran de origen afroamericano. Ello, porque en las zonas propensas a ser inundadas, donde el valor de la tierra es menor, viven las personas de menos recursos; mientras que los que habitan en las zonas altas son los ricos y blancos.

En este y en todos los casos, la vulnerabilidad y el sufrimiento se concentran en los ms pobres (indgenas y negros), es decir, en las clases e identidades socialmente subalternas. De ah que se pueda hablar de un enclasamiento y racializacin de los efectos del cambio climtico.

Entonces, los medios disponibles para una resiliencia ecolgica ante los cambios medioambientales dependen de la condicin socioeconmica del pas y de los ingresos monetarios de las personas afectadas. Y, dado que estos recursos estn concentrados en los pases con las economas dominantes a escala planetaria y en las clases privilegiadas, resulta que ellas son las primeras y nicas capaces de soportar y disminuir en su vida esos impactos, comprando casas en zonas con condiciones ambientales sanas, accediendo a tecnologas preventivas, disponiendo de un mayor gasto para el acceso a bienes de consumo imprescindibles, etc. En cambio, los pases ms pobres y las clases sociales ms vulnerables, tienden a ocupar espacios con condiciones ambientales frgiles o degradadas, carecen de medios para acceder a tecnologas preventivas y son incapaces de soportar variaciones sustanciales en los precios de los bienes imprescindibles para sostener sus condiciones de vida. Por tanto, la democratizacin geogrfica de los efectos del calentamiento global se traduce, instantneamente, en una concentracin nacional, clasista y racial del sufrimiento y el drama causados por los efectos climticos.

Este enclasamiento racializado del impacto medioambiental se vuelve paradjico e incluso moralmente injusto cuando se comparan los datos de las poblaciones afectadas y de las poblaciones causantes o de mayor incidencia en su generacin.

La nueva etapa geolgica del antropoceno ‒un concepto propuesto por el Premio Nobel de Qumica, P. Crutzen‒, caracterizada por el impacto del ser humano en el ecosistema mundial, se viene desplegando desde la Revolucin Industrial a inicios del siglo XVIII. Y, desde entonces, primero Europa, luego Estados Unidos, y en general las economas capitalistas desarrolladas y colonizadoras del norte, son las principales emisoras de los gases de efecto invernadero que estn causando las catstrofes climticas. Sin embargo, los que sufren los efectos devastadores de este fenmeno son los pases colonizados, subordinados y ms pobres, como los de frica y Amrica Latina, cuya incidencia en la emisin de CO2 es muchsimo menor.

Segn datos del Banco Mundial [2] , Kenia contribuye con el 0,1% de los gases de efecto invernadero, pero las sequas provocadas por el impacto del calentamiento global llevan a la hambruna a ms del 10% de su poblacin. En cambio, en EEUU, que contribuye con el 14,5%, la sequa solo provoca una mayor erogacin de los gastos en el costo del agua, dejando intactas las condiciones bsicas de vida de su ciudadana. En promedio, un alemn emite 9,2 toneladas de CO2 al ao; en tanto que un habitante de Kenia, 0,3 toneladas. No obstante, quien lleva en sus espaldas el peso del impacto ambiental es el ciudadano keniano y no el alemn. Datos similares se puede obtener comparando el grado de participacin de los pases del norte en la emisin de gases de efecto invernadero, como Holanda (10 TM por persona/ao), Japn (7 TM), Reino Unido (7,1 TM), Espaa 5 TM), Francia 8% TM), pero con alta resilencia ecolgica; frente a pases del sur con baja participacin en la emisin de gases de efecto invernadero, como Bolivia (1,8 TM), Paraguay (0,7 TM), India (1,5 TM), Zambia (0,2 TM), etc., pero atravesados de dramas sociales producidos por el cambio climtico. Existe, entonces, una oligarquizacin territorial de la produccin de los gases de efecto invernadero, una democratizacin planetaria de los efectos del calentamiento global, y una desigualdad clasista y racial de los sufrimientos y efectos de las conmociones medioambientales.

Medioambientalismos coloniales

Si la naturaleza comunica los impactos de la accin humana en su metabolismo de una forma jerarquizada, tambin existen ciertos conceptos referidos al medioambiente, parcializados de una manera todava ms escandalosa; o, peor an, que legitiman y encubren estas focalizaciones regionales, clasistas y raciales.

Como seala McGurty [3] para el caso norteamericano en la dcada de los 70 del siglo XX, lo que hizo posible que el debate pblico sobre las demandas sociales de las minoras tnicas urbanas, e incluso del movimiento obrero sindicalizado, fuera soslayado, llevando a que la temtica social perdiera fuerza de presin frente al gobierno, fue un tipo de discurso medioambientalista. Un nuevo lenguaje acerca del medio ambiente, cargado de una asepsia respecto a las demandas sociales, que ciertamente puso sobre la mesa una temtica ms universal, pero con responsabilidades adelgazadas y diluidas en el planeta; a la vez que distantes poltica y econmicamente respecto a las problemticas de las identidades sociales (obreros, poblacin negra). Aspecto que no deja de ser celebrado por las grandes corporaciones y el gobierno que ven encogerse as sus deudas sociales con la poblacin.

Por otra parte, el socilogo francs Keucheyan [4] subraya cmo en ciertos pases como Estados Unidos, el color de la ecologa no es verde sino blanco; no solo por la mayoritaria condicin social de los activistas ‒por lo general, blancos, de clase media y alta‒, sino tambin por la negativa de sus grandes fundaciones a involucrarse en temticas medioambientales urbanas que afectan directamente a los pobres y las minoras raciales.

Al parecer, la naturaleza que vale la pena salvar o proteger no es toda la naturaleza ‒de la que las sociedades son una parte fundamental‒, sino solamente aquella naturaleza salvaje que se encuentra esterilizada de pobres, negros, campesinos, obreros, latinos e indios, con sus molestosas problemticas sociales y laborales.

Todo ello refleja, pues, la construccin de una idea sesgada de naturaleza de clase, asociada a una pureza original contrapuesta a la ciudad, que simboliza la degradacin. As, para estos medioambientalistas, las ciudades son sucias, caticas, oscuras, problemticas y llena de pobres, obreros, latinos y negros, mientras que la naturaleza a proteger es prstina y apacible, el santuario imprescindible donde las clases pudientes, que disponen de tiempo y dinero para ello, pueden experimentar su autenticidad y superioridad.

En los pases subalternos, las construcciones discursivas dominantes sobre la naturaleza y el medioambiente comparten ese carcter elitista y disociado de la problemtica social, aunque incorporan otros tres componentes de clase y de relaciones de poder.

En primer lugar se encuentra el estado de auto-culpabilizacin ambiental. Eso quiere decir que la responsabilidad frente al calentamiento global la distribuyen de manera homognea en el mundo. Por tanto, talar un rbol para sembrar alimentos tiene tanta incidencia en el cambio climtico como instalar una usina atmica para generar electricidad. Y como en la mayora de los pases subalternos existe una apremiante necesidad de utilizar los recursos naturales para aumentar la produccin alimenticia u obtener divisas a fin de acceder a tecnologas y superar las precarias condiciones de vida heredadas tras siglos de colonialidad, entonces, para estas corrientes ambientalistas, los mayores responsables del calentamiento global son estos pases pobres que depredan la naturaleza. No importa que su contribucin a la emisin de gases de efecto invernadero sea del 0,1% o que el impacto de los millones de coches y miles de fbricas de los pases del norte afecte 50 o 100 veces ms al cambio climtico. Surge as una especie de naturalizacin de la accin anti-ecolgica de la economa de los pases ricos, de sus consumos y de su forma de vida cotidiana, que en realidad son las causantes histricas de las actuales catstrofes naturales. Dicha esquizofrenia ambiental llega a tales extremos, que se dice que la reciente sequa en la Amazona es responsabilidad de unos cientos de campesinos e indgenas que habilitan sus parcelas familiares para cultivar productos alimenticios y no, por ejemplo, del incesante consumo de combustibles fsiles que en un 95% proviene de una veintena de pases del norte, altamente industrializados.

La financiarizacin de la plusvala medioambiental

Un segundo componente de esta construccin discursiva de clase es una especie de financiarizacin medioambiental. En los pases capitalistas desarrollados ha surgido una economa de seguros, expansiva y altamente lucrativa, que protege a empresas, multinacionales, gobiernos y personas de posibles catstrofes ambientales. As, el desastre ambiental ha devenido en un lucrativo y ascendente negocio de aseguradoras y reaseguradoras que protegen las inversiones de grandes empresas, no solo de crisis polticas, sino de cataclismos naturales mediante un mercado de bonos catstrofe [5] , volviendo al capital resilente al calentamiento global. Paralelamente a ello, en los pases subalternos emerge un amplio mercado de empresas de transferencia de lo que hemos venido a denominar plusvala medioambiental.

A travs de algunas fundaciones y ONG, las grandes multinacionales del norte financian, en los pases pobres, polticas de proteccin de bosques. Todo, a cambio de los Certificados de Emisin Reducida (CER) [6] que se cotizan en los mercados de carbono. De esta manera, por una tonelada de CO2 que se deja de emitir en un bosque de la Amazona gracias a unos miles de dlares entregados a una ONG que impide su uso agrcola, una industria norteamericana o alemana de armas, autos o acero, que utiliza como fuente energtica al carbn y emite gases de efecto invernadero, puede mantener inalterable su actividad productiva sin necesidad de cambiar de matriz energtica o de reducir su emisin de gases ni mucho menos parar la produccin de sus mercancas medioambientalmente depredadoras. En otras palabras, a cambio de 100.000 dlares invertidos en un alejado bosque del sur, la empresa puede ganar y ahorrar cientos de millones de dlares, manteniendo la lgica de consumo destructiva inalterada.

As, hoy el capitalismo depreda la naturaleza y eleva las tasas de ganancia empresarial. Convierte la contaminacin en un derecho negociable en la bolsa de valores. Hace de las catstrofes ambientales provocadas por la produccin capitalista, una contingencia sujeta a un mercado de seguros. Y finalmente transforma la defensa de la ecologa en los pases del sur, en un redituable mercado de bonos de carbono concentrado por las grandes empresas y pases contaminantes. En definitiva, el capitalismo esta subsumiendo de manera formal y real la naturaleza, tanto en su capacidad creativa, como el mismsimo proceso de su propia destruccin.

 

Por ltimo, el colonialismo ambiental recoge de su alter ego del norte el divorcio entre naturaleza y sociedad, con una variante. Mientras que el ambientalismo dominante del norte propugna una contemplacin de la naturaleza purificada de seres humanos ‒su poltica de exterminio de indgenas le permite ese exceso‒, el ambientalismo colonizado, por la fuerza de los hechos, se ve obligado a incorporar en este tipo de naturaleza idealizada, a los indgenas que inevitablemente habitan en los bosques. Pero no a cualquier indgena porque, para ellos, el que cultiva la tierra para vender en los mercados, el que reclama un colegio, hospital, carretera o los mismos derechos que cualquier citadino, no es un verdadero sino un falso indgena, un indgena a medias, en proceso de campesinizacin, de mestizacin; por tanto, un indgena impuro. Para el ambientalismo colonial, el indgena verdadero es un ser carente de necesidades sociales, casi camuflado con la naturaleza; ese indgena fsil de la postal de los turistas que vienen en busca de una supuesta autenticidad, olvidando que ella no es ms que un producto de siglos de colonizacin y despojo de los pueblos del bosque.

En sntesis, no hay nada ms intensamente poltico que la naturaleza, la gestin y los discursos que se tejen alrededor de ella. Lo lamentable es que en ese campo de fuerzas, las polticas dominantes sean, hasta ahora, simplemente las polticas de las clases dominantes. Por eso, aun son largos el camino y la lucha que permitan el surgimiento de una poltica medioambiental que, a tiempo de fusionar temticas sociales y ecolgicas, proyecte una mirada protectora de la naturaleza desde la perspectiva de las clases subalternas, en lo que alguna vez Marx denomin una accin metablica mutuamente vivificante entre ser humano y naturaleza [7] .

El autor es Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia



[1] P. Sharkey, Survival and death un New Orleans: an empirical look at the human impact of Katrina, en Journal of Black Studies, 2007; 37; 482. En: http://www.patricksharkey.net/images/pdf/Sharkey_JBS_2007.pdf.

[2] Databank-Banco Mundial 2013.

[3] E. McGurty, Transforming Environmentalism, Rutgers University Press, New Brunswick, 2007.

[4] R. Keucheyan, La naturaleza es un campo de batalla, Clave Intelectual, Espaa, 2016.

[5] Banco Mundial, Seguro contra riesgo de desastres naturales: Nueva plataforma de emisin de bonos de catstrofes, en http://www.bancomundial.org/es/news/feature/2009/10/28/insuring-against-natural-disaster-risk-new-catastrophe-bond-issuance-platform.

[6] BID/ BALCOLDEX, Gua en Cambio Climtico y Mercados de Carbono, en https://www.bancoldex.com/documentos/3810_Guia_en_cambio_clim%C3%A1tico_y_mercados_de_carbono.pdf

[7] Marx, El Capital, Tomo III; Ed. Siglo XXI, pg. 1044, Mxico, 1980.

 

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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