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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-03-2018

El culto estadounidense a las armas de fuego
Los estudiantes de secundaria

Belle Chesler
TomDispatch

Traduccin del ingls para Rebelin de Carlos Riba Garca


Puede un AR-15* tener xito donde fracas el Sueo americano?

Introduccin de Tom Engelgardt

Despus de la matanza de Parkland, en una tierra cuyos ciudadanos poseen algo as como 265 millones de armas de fuego la mitad de ellas en manos de apenas el 3 por ciento de la poblacin y con tiroteos masivos (son aquellos en los que estn implicadas cuatro a ms personas) que se producen como promedio en nueve de cada 10 das, este pas es nico entre las naciones desarrolladas en la cuestin de las armas de fuego y la violencia con estas armas. No existe en el mundo otro lugar en el que los civiles estn tan exageradamente armados ni otro pas cuyos polticos (respaldados incondicionalmente por la Asociacin Nacional del Rifle [NRA, por sus siglas en ingls]) sean tan sofisticados y sofistas a la hora de explicar por qu esto no podra ser lo ms normal en un pas libre (en 2014, la publicacin satrica The Onion capt perfectamente el espritu del momento con este titular No hay manera de impedir esto, dice el nico pas donde esto sucede habitualmente). 

Desgraciadamente, como lo dejan en claro las reacciones ante la carnicera de Parkland, Florida, nuestros hijos no se sienten tan libres ya que en sus escuelas realizan deprimentes ejercicios de confinamiento. Hace poco tiempo, mi nieto de cinco aos y medio lleg a su casa despus de uno de esos ejercicios y le pregunt a su madre, Por qu querran entrar en mi escuela unos perros furiosos? Muy bien, l no domina todos los detalles todava, pero muy pronto se acurrucar en algn rincn de un aula a oscuras. Ir as a la escuela es algo infernal. 

Por supuesto, en los sesenta, cuando yo iba a la escuela, tenamos un equivalente en los ejercicios llamados correr y buscar proteccin que los alumnos debamos hacer regularmente en el aula. Aunque no enteramente igual, eso como el lector puede imaginar tambin era aterrador. La intencin era que nosotros captramos la idea de un ataque nuclear. Al menos sabamos que esos misiles rusos no apuntaban especficamente a nuestra escuela y que la intencin no era matarnos a nosotros; apuntaban a todo, a matar a todo el mundo. Eran horripilantes, pero tambin impersonales. 

Mientras tanto, en el contexto escolar, la muerte se ha convertido en algo mucho ms personal. De ningn modo sorprende que, conducido por los estudiantes de secundaria ms avanzados, los que han estado en la lnea de fuego o temen que pueden estarlo alguna vez, algo autntico est sucediendo en este pas; algo relacionado con las armas de fuego un cambio en la opinin pblica, un creciente boicoteo comercial a la NRA, una cadena de tiendas de artculos deportivos que dejar de vender fusiles semiautomticos como el que Nikolas Cruz llev a la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas e incluso algunos polticos que estn empezando a repensar su posicin respecto del culto nacional por las armas de fuego. En ese contexto, permita que Belle Chesler profesora de secundaria le lleve al interior de la tan estadounidense galera de tiro al blanco de nuestra era y le informe de lo que piensa una persona adulta sobre la naturaleza del modo de vida americano mientras est encerrada en la oscuridad con sus alumnos.

--ooOoo--

Los canarios en la mina de carbn del desastre estadounidense

Entre quienes le conocan, nadie se sorprendi al enterarse de que l haba disparado (Emma Gonzlez, estudiante del ltimo curso en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas).

En las tres ltimas semanas, la voz vehemente y los categricos reclamos de los estudiantes de la escuela Marjory Stoneman Douglas han tenido eco en las redes sociales y en el hall de entrada de las escuelas secundarias en los suburbios donde yo enseo artes visuales. Un grupo de chicas del ltimo curso, estimuladas por el horror de la matanza de Parkland y entusiasmadas por los vdeos de las manifestaciones de sus colegas estudiantes, organizaron por su cuenta un abandono de aulas. A pesar de que era un da de mucho fro y con nieve en nuestra parte de Oregon, cientos de estudiantes salieron de la escuela para participar en lo que, ciertamente para muchos de ellos, era su primera accin de desobediencia civil. Yo me situ al final del gento, escuchando las exigencias de los estudiantes dichas a voz en cuello, que bsicamente eran tener una escuela ms segura y acabar con el miedo en el aula. De pie en la helada acera, me sent abrumada por una oleada de emociones encontradas. Aunque interiormente orgullosa de los estudiantes por alzar la voz e insistir en ser escuchados, yo tambin estaba obligada a enfrentar una dura y brutal realidad: ni mis alumnos ni yo nos sentimos seguros en nuestra escuela.

An recuerdo aquella fra maana de diciembre de 2012 cuando supe de la masacre en la escuela primaria Sandy Hook de Newton, Connectucut. Una compaera se acerc a mi escritorio con la cara baada por las lgrimas para contarme los espeluznantes detalles de ese tiroteo: un aula llena de chicos de primer grado y su maestra asesinados en lo que debera haber sido un da de clase ms.

En ese momento mi hija estaba en el preescolar. En esas fotos que comenzaron a aparecer en los medios, en los que aparecan nios de los primeros grados de Sandy Hook, vi la cara de mi hija. Empec a pensar sobre su futuro en un mundo tan inhspito. Desde entonces, se me hizo insoportable leer las historias de lo que haba pasado dentro de esa escuela y me encontr a mi misma evitando el relato apasionado y angustiado de los animosos progenitores y maestros de nios insensatamente asesinados. Era algo que golpeaba lo ms ntimo de mi ser. Era el horror en un nivel que hasta entonces haba sido inimaginable para m en una escuela tan parecida a la ma. Ingenuamente, supuse que las cosas habran de cambiar, que nadie podra ver a esos pequeos y defender cruelmente el statu quo. Qu equivocada estaba! Como todos sabemos, los tiroteos continuaron sucediendo.

Entonces, qu hubo en los asesinatos de Parkland que inclin la balanza? Por qu no haba pasado eso despus de lo de Columbine ni de lo de Newton? Estas son las preguntas que los maestros y maestras de nuestra escuela hemos estado hacindonos unos a otros ltimamente. Es posible que lo que domine en este momento sea el miedo a lo que parece inevitable; se sabe que eso pasar, aunque no cundo. En tanto maestras, estamos obligadas a preguntarnos: Cundo nos tocar? Atrancamos las puertas, luchamos, corremos o nos escondemos? Cundo dejaremos de esperar la irrupcin del mal en la persona de un desquiciado adolescente con un arma de fuego que viene a convertir nuestra escuela en una galera de tiro al blanco?

En este momento, llevamos varios aos practicando ejercicios de encierros de emergencia. Cerramos las puertas con llave y las bloqueamos; despus, 36 adolescentes y un adulto, nos acurrucamos en el suelo en el rincn ms oscuro del aula tratando de estar lo ms callados y tranquilos posible. Nada de llamadas telefnicas, no hablar, no moverse. Esperamos hasta que omos el ruido del picaporte y uno de nosotros grita; entonces se acaba el ejercicio. El peligro ha pasado.

Encendemos las luces, estiramos las extremidades acalambradas y cada uno vuelve a su asiento. Cuento un chiste, trato de aligerar un poco el ambiente y reanudamos la clase. No obstante, una consecuencia no deseada de esos ejercicios y procedimientos es la normalizacin de la amenaza de una accin tan atroz y anormal como difcil de asimilar. Fundamentalmente, hemos insensibilizado por completa a la comunidad escolar respecto del autntico horror de lo que estamos interpretando: una lucha por nuestra vida. Suponemos que cuando vuelvan las luces continuarn las rutinas del aula, esperando que los estudiantes hayan captado la seriedad del ejercicio pero que no hayan interiorizado el miedo. Cuando mis alumnos expresan lo que est dentro de ellos en esa sala a oscuras, cuando permiten que la desesperacin asome a la luz, estamos obligados a enfrentar la retorcida realidad de lo que estamos haciendo.

En el comienzo del semestre entregu a mis nuevos alumnos un cuestionario acerca de la vida de cada uno de ellos. Uno respondi a la pregunta Qu es lo que te afecta de verdad? escribiendo: Lo que de verdad me afecta es que yo podra morir en esta escuela.

Francamente, no tena idea de qu poda decirle a mi estudiante: yo tambin me senta as. Cmo transmito yo lo que siento cada maana cuando entro en mi lugar de trabajo preguntndome si ser hoy el da que yo me muera aqu? Cmo explico el temor que siento cuando debo enfrentar a ese estudiante el que viene haciendo dibujos inquietantes, el que no sonre ni se relaciona con sus compaeros y cuyos padres no responden a mis mensajes ni a mis llamadas para decirle que necesita moderar la violencia de sus trabajos? Cmo compartir el ms profundo de mis temores: el que un tiempo despus este muchacho vuelva por m armado y dispuesto a vengarse?

Cmo expreso la complejidad de mis emociones cuando, acurrucada en la oscuridad con mis alumnos, estoy pensando en qu habra que hacer para que todos salgamos vivos cuando se produzca la versin real de la situacin? Y cmo es que empec a pensar en el peor de los escenarios posibles: que el chico de 16 aos que est agachado junto a m en la oscuridad puede ser el prximo atacante de la escuela? Ahora, en la agudizada paranoia de mi saln de clase, mis alumnos son sospechosos.

Maestras o mrtires?

Me figuro que cada nueva maestra llega con alguna versin de la historia de aquella exitosa maestra que traslada a un grupo de estudiantes de la confusin a la excelencia acadmica dando vueltas en su mente. Sin embargo, cuando pasan los aos, a menudo esa cinematogrfica fantasa es descartada. Si de verdad has de sobrevivir en el sistema, pinsatelo en el largo recorrido; debers deshacerte de ciertas ilusiones. Ms o menos un tercio de los nuevos maestros abandona el barco en el tercer ao, cuando los desafos profesionales los largos horarios, la constante planificacin, las interminables calificaciones y la preocupacin sobre cmo unir las necesidades intelectuales y las emocionales de los alumnos empiezan a parecer insostenibles.

En los primeros aos de mi trabajo, la magnitud de la tarea psicolgica de cuidar el bienestar de mis estudiantes y el aumento de la conciencia de que nunca sera capaz de ayudarlos y conocerlos a todos me ponan al borde de las lgrimas. Muchas veces, cada tarde el regreso a casa lo senta como una sesin de terapia sin terapeuta. Haca un repaso de cada oportunidad perdida, cada reto interpersonal; despus lloraba. Yo saba que, a pesar de lo que me haban hecho creer, la descarnada realidad de la situacin era que yo no poda ayudad a todos mis alumnos. Una parte de la enseanza siempre tendra que ver con el fracaso: la imposibilidad de comunicar, la imposibilidad de percibir, la imposibilidad de atender las necesidades especficas de cada uno de los estudiantes. Era un juego de nmeros en el que siempre perdera; esta era una verdad que yo deba asumir para convertirme en una educadora ms eficaz.

Sin embargo, el arquetipo de la maestra-mrtir, que trabaja duro hasta la noche sacrificando su vida personal para centrarse solo en sus alumnos es la que nos han inculcado como una cultura. La historia que nos cuentan es que las maestras son sobrehumanas, capaces de revertir cualquier corriente y enfrenta los problemas de la sociedad gracias a su acertado enfoque, su persistencia y su cuidado. Si solo me dedicara ms, trabajara ms horas y consiguiera tener el mejor plan de estudios, a la larga los salvara a todos. El ser una mrtir as es un divisa de honor en la escuela, algo que muestra que quien la ostenta est haciendo el mejor trabajo. No obstante, no puedo menos que preguntarme: No es acaso morir alcanzada por una bala de un estudiante la expresin suprema de este arquetipo? No es acaso lo que despus de lo de Portland lo que se nos exige?

Este excepcional mito estadounidense de la maestra que asegura la proteccin de sus alumnos es el que ahora hemos atribuido a las maestras en Parkland, que pusieron su cuerpo ante las balas para salvar la vida de sus estudiantes. Y aunque estoy conmovida por su coraje, contino cuestionando las motivaciones que hay detrs de su actitud, incluyendo las del presidente de Estados Unidos, que las enaltece como si fuesen iconos.

Tal vez, hacer unos hroes de las maestras y los maestros no sea ms que otra forma de negar continuamente la honra y el respeto a nuestra profesin en la forma que realmente importa. Los hroes no necesitan clases ms reducidas, ni prestaciones, ni jubilaciones adecuadas. La verdad es que esas maestras nunca deberan haber tenido que poner su cuerpo ante las balas por sus alumnos. No era ese su trabajo. No somos combatientes; somos maestras. No somos hroes; somos maestros.

Cuando fracasan los sueos

Mi ltimo curso ha sido el ms difcil. No solo por lo que yo enseo, o por el tamao de la clase o por el volumen del trabajo, sino por la tensin cada vez mayor que percibo en mis alumnos. Estos chicos son los canarios** de nuestra mina de carbn estadounidense (una imagen que ha adquirido un nuevo significado en la era Trump). Cuando les pregunto sobre su salud mental, siempre quedo abrumada por la cantidad de quienes me hablan de depresin y ansiedad. Estn agotados y continuamente estresados. Muchos de ellos se sienten desesperados por su futuro. Qu puedo responder a eso? Cuando ests acurrucada en un rincn de un aula a oscuras, haciendo un ejercicio que tiene que ver con tu propia muerte, es muy difcil sentir que pueda haber alguna esperanza de un futuro decente.

Ya no sueo con la ingenuidad de cambiarles la vida a mis estudiantes. Mis objetivos se han encogido: conseguir que los muchachos aprendan, ser alguien que los defienda, escucharlos, crear un plan de estudios relevante, hacer que el aula sea un espacio lleno de vida y estimulante. En cada semestre, mi primera meta es aprender rpidamente el nombre de todos mis alumnos ms de 200, tener contacto con ellos lo ms a menudo posible y tratar de atender las necesidades nicas e individuales de cada uno de ellos.

Trato de poner cualquier energa y atencin adicionales en beneficio de mis alumnos ms marginados, sabiendo que, como mujer blanca de clase media, es probable que me vean como representante de un sistema que refuerza las capas de alienacin existentes. Sin embargo, hace tiempo que he dejado de sentir que puedo salvar a cualquiera de ellos. Ni siquiera se me ocurre que esa pueda ser mi tarea. Mi trabajo es facilitar un espacio para la bsqueda y la expresin.

Si de verdad hago bien mi trabajo, al menos ayudar a que mis estudiantes encuentren su propia voz. Pero creedme, es una tarea parecida a la de Ssifo. Despus de todo, ellos son adolescentes. Su paisaje emocional cambia minuto a minuto, da a da. Llegan a mi aula con entre 15 y 18 aos de experiencia vivida, el resultado de la dinmica familiar y la de su comunidad. Las horas que paso con ellos, ms all de como puedan impactar, no pueden competir con lo que ellos llevan dentro de s. Algunos se sentirn vistos y escuchados en mi aula; otros no importa lo que yo haga se sentirn invisibles, inadvertidos y perdidos.

Apretar el gatillo

La escuela es el sitio donde el adolescente vive las elevadas promesas del Sueo americano. Nosotros, los maestros, le transmitimos el mensaje de que l puede ser lo que quiera, hacer lo que desee. El mensaje dice: Estudia seriamente y hars algo realmente tuyo en la vida; superars todos los obstculos que encuentres. Haz amigos, haz de ti un compaero o una compaera, y ascenders en la escala social. Encuentra tu camino y tu talento, y tendrs el mundo en tus manos.

Como educadores, sabemos que no existe alguien tan entusiasta y comprometido con lo que ama como el adolescente. Si accedemos a la intensidad y la generosidad del adolescente, somos dueos de todo el potencial de la alquimia pedaggica. Pero, qu pasa si todas las promesas que hacemos a los estudiantes resultan implcita o explcitamente estar completamente fuera de su alcance y ellos son cada vez ms conscientes de eso? Que pasa si eres un estudiante de color o ests indocumentado y el Sueo americano nunca te dijo que t estabas entre los primeros? Qu pasa si eres poco dado a la amistad? Qu pasa si el estrs emocional que llevas contigo te pesa demasiado y todo en la escuela es un incesante recordatorio de lo que tiene mal? Qu pasa si, al igual que la sociedad de la que forma parte, la escuela se convierte en un lugar para el fracaso, no para la posibilidad?

Si los adolescentes se destacan en algo es en el desprecio de la hipocresa. Los chicos son capaces de ver lo que hay debajo del barniz de muchas promesas. Y, respecto de los nios, en este momento cualquier maestra se est preguntando: qu hay para ellos realmente en este mundo que hemos construido? Qu daos han sido desapercibidos, desatendidos?

Hay algo de asombroso en que el ms contrariado de esos chavales, quien se sienta ms traicionado por la promesa quebrantada de ese Sueo, regrese al sitio que ms le ha fallado, la institucin que la sociedad le prometa que le proporcionara la salvacin y est tan claro que no lo ha hecho? Lleva consigo sus fracasadas relaciones sociales y familiares, la seguridad de que el Sueo jams le tendr entre los primeros y en la mayor parte de los casos un AR-15 u otra arma igualmente letal. Se cobra ese cheque invalidado apretando el gatillo, acabando con esa ilusin y al mismo tiempocon la vida de unos estudiantes y una maestra.

Disparar esa arma es la ltima accin de albedro personal que ofrecen estos muchachos hasta ahora son muchachos. Esa cortedad de miras y esa concentracin total, cuya consecuencia es la muerte en nuestras escuelas, reflejan la desesperacin y el nihilismo que se observa en muchos de esos atacantes. Es algo que, al menos en el nivel ms bajo, debera ser conocido por cualquier maestra o maestro en estos das. Consideremos que la indefinible y despersonalizada frustracin y desesperacin que hace que un menor coja un arma de guerra y mate sin miramiento alguno es el fracaso del Sueo americano, un fracaso que acaba en sangre.

Querido Estados Unidos: me concedes una tarea imposible y me condenas por fracasar en mi desempeo. Ahora, t a al menos el presidente, la Asociacin Nacional del Rifle y diferentes polticos me aseguris que puedo redimirme si cojo un arma y disparo sin parar contra la desesperacin. No, gracias. Yo no quiero tener en mis manos esa arma de fuego; no puedo ser un escudo. No puedo salvar a mis alumnos, ni metafrica ni fsicamente.

Lo que pedimos de nuestros hijos, nuestras maestras y nuestras escuelas es diferente de cualquier cosa que pedimos de cualquier persona o institucin. Estamos haciendo que nuestros hijos sean mrtires en el altar de las fracasadas promesas sociales y despus nos preguntamos por qu regresan una y otra vez con un fusil en sus manos.

* El AR-15 es un fusil de asalto, un arma semiautomtica de uso militar. Ver https://es.wikipedia.org/wiki/AR-15. (N. del T.)

** La autora se refiere a los canarios que los mineros de la hulla tienen en la mina: estos pjaros son los primeros en percibir la presencia del gas gris, que mezclado con el aire produce violentas explosiones con el consiguiente derrumbe de las galeras. (N. del T.)

Belle Chesler es maestra de artes visuales en una escuela secundaria de Beaverton, Oregon.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176394/tomgram%3A_belle_chesler%2C_will_an_ar-15_succeed_where_the_american_dream_failed/#more

Esta traduccin puede reproducirse libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelin como fuente de la misma.



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