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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-10-2018

Ilustracin, cuidados y vulnerabilidad

Carlos Fernndez Liria
CTXT

La prctica feminista es lo mejor que le ha pasado a la Ilustracin desde hace dcadas. Ya hemos visto otras grandes conquistas ilustradas que, por contarse a s mismas que lo que estaban haciendo era dejar atrs la Ilustracin, han acabado retrocediendo


Los errores de la Ilustracin hay que combatirlos con ms Ilustracin. Los fallos del derecho, se combaten con ms derecho. Si en la realizacin histrica del proyecto de la ciudadana se ha operado siempre una especie de golpe de estado machista y esclavista, algo que en los pensadores mismos de la Ilustracin es tan patente que daa la vista, sera, de este modo, porque tales pensadores asumieron en sus obras una especie de esquizofrenia. Se puede decir que, lo que se traan entre manos, les vena grande. Tuvieron que convencerse a s mismos de que la esclavitud de la poblacin negra y el sometimiento de las mujeres, tambin compatible con la esclavitud, no daaba ni resultaba incompatible con el ideal de la ciudadana. Ni los negros, ni las mujeres, ni (para la Ilustracin defensora del sufragio censitario) los no propietarios podan acceder a la condicin ciudadana, pero eso se deba, precisamente, a que eran negros, mujeres y no propietarios. Kant ni siquiera vacila un poco al considerar que sera una barbaridad otorgar a las mujeres el derecho al voto, pues eso sera como permitir votar dos veces a los casados, mientras que los solteros votaran una sola vez. Pero el motivo de ello es que la mujer depende naturalmente de su marido (lo mismo que los nios dependen de sus padres, puesto que son, precisamente, menores de edad). A Kant, que ha sabido muy bien bucear en las complejidades trascendentales ms profundas, sin embargo, ni se le pasa por la cabeza la posibilidad de que extender la condicin de la ciudadana al sexo femenino pudiera ir de la mano de la construccin institucional de unas condiciones materiales y jurdicas que permitieran a la mujer dejar de ser dependiente de sus padres, sus maridos o sus confesores. Locke, en su Segundo Tratado sobre el gobierno civil, comienza definiendo el derecho de propiedad como el derecho a apropiarse de los productos del propio trabajo y sudor, algo que podra perfectamente asumir Marx. Pero, cinco o seis pginas ms all, encontramos una frase inquietante: as pues, siendo de este modo propietario de los productos del propio trabajo o del trabajo de su esclavo... Esta especie de cortocircuito, cae as de sopetn, sin que d la impresin de generar demasiado problema. En otro sitio, habr, por tanto, que defender por qu, pese a que son los esclavos los que sudan y trabajan, no son, sin embargo, propietarios de sus productos, sino que lo es su amo. La cosa tiene que ver, como en los tiempos de Aristteles, con el derecho de guerra, con la posibilidad de perdonar la vida al vencido (que siempre podra suicidarse y no aceptar ese peculiar contrato social) a cambio de que acepte su esclavitud. As pues, a los esclavos no se les aplica la definicin ilustrada de propiedad, porque ellos mismo son una propiedad, es decir, porque son, sencillamente, eso, esclavos. Hay esclavos, lo mismo que hay mujeres y lo mismo que hay nios menores de edad (qu remedio tiene eso?). Ahora bien, la esclavitud no comenz a ser un crimen cuando Abraham Lincoln gan la guerra de secesin. La esclavitud siempre fue un crimen y siempre clam al cielo, desde los tiempos de Espartaco y desde mucho antes an. Y siempre hubo, al mismo tiempo que esclavos, antiesclavistas, fueran muchos o pocos. Estos no tenan que esperar a la Declaracin de los derechos humanos para tener razn, la tuvieron siempre, desde el principio. Y es ms, la habran tenido exactamente igual, aunque la causa del antiesclavismo hubiera sido siempre derrotada histricamente. La historia no es ninguna autoridad para el tribunal de la razn. La obra de la razn en la historia puede fracasar o ser derrotada, y puede ser traicionada incluso por los Ilustrados ms inteligentes y comprometidos. Pero eso no aade ni quita nada a sus exigencias. Si los filsofos de la Ilustracin no pudieron evitar razonar como varones machistas o como esclavistas vergonzantes, eso no indica que los principios de la Ilustracin sean compatibles con el patriarcado o el esclavismo. Indica tan solo que ni siquiera Kant o Locke lograron pensar suficientemente como verdaderos ilustrados. Robespierre s pretenda abolir la esclavitud. Y sobre todo, pretendieron abolirla (lo que desemboc en un genocidio) los jacobinos negros que se rebelaron en las colonias, alentados por la revolucin francesa. Ellos eran los verdaderos ilustrados, no, a este respecto, Kant o Locke. Robespierre no pens demasiado en extender los derechos civiles al sexo femenino. Pero s lo pens Olympe de Gouges, que acab en la guillotina (en verdad, no tanto por feminista como por monrquica). Ella era la verdadera representante de la Ilustracin. Creo que esta era, guardando las distancias (pues ella saba mucho mejor de lo que hablaba), la postura con la que Celia Amors, educ desde hace ya dcadas, nuestras convicciones feministas e ilustradas.

Eran otros tiempos. Luego empezaron a difundirse algunas enmiendas feministas al proyecto mismo de la Ilustracin que han logrado cobrar una cierta hegemona (no creo que sea mayoritaria, pero s que es muy influyente). No he ledo ni mucho menos suficientemente a las grandes autoras que sin duda estn en el origen de esta nueva ola. Pero s he visto lo que sus discpulas y discpulos, en muchos casos, han entendido de todo ello (me ocurre aqu un poco como con el asunto de Foucault y los foucaultianos, respecto a muchos de los cuales tengo la esperanza de que no sean demasiado fieles al maestro, porque eso no hablara muy bien de l, al que, en cambio, s que he ledo un poco bastante). Cada vez circula ms la idea de que el problema del machismo y del colonialismo (porque en este campo se razona del mismo modo), no puede resolverse con una extensin de los derechos civiles y las exigencias de la Ilustracin, porque, lisa y llanamente, el problema del machismo y el colonialismo es la Ilustracin misma. Es la propia concepcin ilustrada de la razn la que es machista, colonialista, eurocntrica y patriarcal. Es ante todo la idea misma de ciudadana, en tanto que conlleva eso a lo que llamamos independencia civil la que est pensada con un patrn patriarcal y eurocentrista, y la que est consiguientemente en el origen del patriarcado y el colonialismo.

En resumen, segn entiendo, el pensamiento de la Ilustracin habra construido un modelo de razn y un modelo de ciudadana cortado a la medida de un sujeto varn, blanco, heterosexual y colonialista (europeo). Se trata, adems, nos dicen, de una verdadera ficcin: la fantasa de la individualidad. Ese sujeto que pretende la Ilustracin no existe ni puede existir. Pues es obvio que, cada vez que ha parecido existir, se estaba escamoteando que tanta independencia, tanta libertad, tanta individualidad (con tanto, en fin, liberalismo), no era posible ms que porque haba detrs mucha escoria humana (femenina e indgena o esclava), ocupndose de todo aquello que en el ser humano es vulnerable, dependiente, relacional, colectivo, y sobre todo, necesitado de cuidados. Y el problema radica ya en la mismsima idea de razn que se ha puesto en juego. Una razn que no tendra necesidad de sentir. El problema, al parecer, es que la razn ilustrada, al construirse sobre una fantasa de independencia individual que slo se sostiene por las races invisibles de los cuidados femeninos, se habra amputado a s misma todo lo que tiene que ver con las emociones, los sentimientos, los cuidados y la vulnerabilidad. As pues, habra que contraponer a todo ello otro tipo de razn, una razn esttica, una razn femenina o sintiente, capaz de reconocer desde el primer momento que el ser humano es un ser dependiente y necesitado de cuidados (algo que, en algunas ocasiones tambin se dice, los indgenas latinoamericanos, por lo visto, tendran de lo ms claro). El hecho de que, por ejemplo, Kant, ya respecto al uso terico de la razn, haya necesitado comenzar por una Esttica trascendental, y que haya tenido que culminar su edificio crtico ms bien tirando hacia abajo, en la Crtica del Juicio, elaborando una crtica del gusto y atendiendo, sobre todo, a ciertos sentimientos sin los cuales no slo no podramos conocer sino que ni siquiera podramos, sencillamente, hablar, todo esto, al parecer, no cuenta demasiado (probablemente, porque, para empezar, no se entiende una palabra). En cambio, eso s, los indgenas latinoamericanos y, en general, la feminidad, tendran mucho que ensearnos sobre cmo la razn est cosida con sentimientos y emociones. Y consiguientemente, respecto a los pueblos indgenas, la urgencia poltica ya no ser extender los derechos civiles hasta que se les reconozca su derecho a ser indgenas (y por supuesto, seres humanos con verdaderos derechos ciudadanos amparados legislativamente), sino, ms bien, al revs, aprender de ellos para construir una Nueva Ilustracin, una nueva forma de entender estticamente la razn. Y lo mismo respecto al sexo femenino. Ya no se tratara tanto de conquistar derechos civiles (ya muy sospechosos de falocntricos), como de inventar algo mejor que el derecho, algo mejor que la razn y, en fin, otra forma ms afectiva y emocional de Ilustracin. A m personalmente, aparte de que todo esto me suena de lo ms machista y condescendiente con los estereotipos femeninos ms recalcitrantes, me da mucho miedo. Algo de trabajos de campo en antropologa s conozco, y, dicindolo rpido, las comunidades indgenas que he conocido y aquellas sobre las que ms he ledo, me han parecido la realizacin misma del patriarcado en sus versiones ms criminales, que se levantan sobre un derecho consuetudinario obsesionado con pelar penes, amputar cltoris, separar sexos, perseguir homosexuales y rezar a divinidades monstruosas. Esto empezando por los chamulas de Chiapas, pasando por los dowayos de Camern y todo el continente africano y terminando por el islam y el catolicismo (que an no se ha civilizado siempre del todo). Lo que los pueblos indgenas del planeta s que tienen de admirable es lo mucho que han protagonizado las luchas anticoloniales precisamente para defender sus derechos y sus libertades civiles. Los jacobinos negros que se rebelaron en Hait contra la esclavitud son en este sentido un eterno ejemplo para todas generaciones venideras.

Tambin en este sentido las luchas feministas fueron, son y sern una empresa heroica para conquistar lo que para todo ser humano es una meta irrenunciable: la libertad, la igualdad y la fraternidad, en suma, la dignidad de la condicin ciudadana. Y creo (lo repito a menudo) que doscientos aos de Ilustracin han hecho ms por la liberacin de la mujer que diez mil aos de tradiciones y costumbres. Mientras tanto, todos los proyectos -que Luis Alegre y yo no hemos parado de denunciar en el marxismo- para inventar algo mejor que el derecho o algo mejor que la Ilustracin (supuestamente burguesa) han desembocado siempre en una nueva religin, una religin, adems, ortopdica y artificial. As ocurri con la revolucin cultural maosta o con todos los intentos proletarios u obreros de superacin del derecho burgus, que desembocaron indefectiblemente, en el culto a la personalidad y en toda suerte de voluntarismos ideolgicos bastante criminales. Esto no tiene nada de extrao: el derecho se invent para escalar por encima del marasmo religioso. Si das un paso ms arriba, vuelves a caer al suelo.

Ahora bien, creo que este tipo de nuevo feminismo s que ha puesto sobre la mesa una hiptesis importante que tiene que ser tomada en consideracin. Existe otra posibilidad de plantear una objecin radical y de principio al proyecto poltico de la ciudadana en la Ilustracin. Se trata de la idea de que la ciudadana sera siempre, de forma esencial, un privilegio, pues no se puede extender la ciudadana ms que aumentando, en la otra cara de la moneda, alguna suerte de esclavitud. La ciudadana, ligada desde Grecia y Roma, al tiempo libre republicano, necesit desde el principio de una masa de esclavos que se ocuparan de resolver la indisimulable contingencia de que el ser humano es un ser vulnerable e inevitablemente dependiente. Haba ciudadanos porque haba esclavos. Haba ciudadanos varones porque haba mujeres esclavizadas (bajo distintas frmulas matrimoniales, tradicionales y jurdicas) detrs de ellos. El ser humano es vulnerable y dependiente y punto. El ser humano es un ser que, de forma primordial y no accidental, mucho ms que razones, necesita cuidados. El sueo ilustrado de una independencia civil, definida por un vano no tener que depender de otro para existir es, as, una pura fantasa que encubre el hecho patente de que siempre ha habido ciudadana en la misma medida en que haba esclavitud. Se trata, como ya hemos dicho, de la mil veces denunciada fantasa de la individualidad, una fantasa que, en las sociedades modernas no se sostiene ms que a costa de invisibilizar el trabajo femenino, el de las esposas, las madres, las asistentas, etc.

Esta objecin es ms de principio, porque lo que se pone sobre la mesa es una imposibilidad fctica irremontable: no se puede aspirar a la independencia civil, porque eso supondra inevitablemente que una parte de la poblacin tendra que ocuparse de todo aquello que en el ser humano tiene que ver con la vulnerabilidad y la dependencia. Si alguna vez ha habido ciudadanos es porque ha habido esclavos y esclavas. Y no se puede querer una cosa sin querer la otra. Cada nueva conquista de la ciudadana ha inventado siempre una nueva versin de la esclavitud. Y, desde luego, las mujeres siempre han llevado ah la peor parte. Y sera por eso por lo que hara falta recurrir a un modelo de convivencia distinto a la ciudadana tal y como la plante la Ilustracin.

De todos modos, como lector de Marx, me parece que con este planteamiento se est descubriendo la plvora y haciendo una peticin de principio. Naturalmente que un reino de la libertad no puede articularse ms que tomando como base el reino de la necesidad. La Ilustracin no est reida con el punto de vista materialista (slo faltara eso). La libertad republicana tiene mucho que ver con el ocio y el tiempo libre, con el estar libre, ante todo, del tiempo. Si la lucha por la supervivencia ocupa todo el tiempo social, supervivir nos impide vivir. Y mucho ms emprender en serio la tarea de una vida buena, de una vida digna de ser vivida. Mientras los esclavos se ocuparon del reino de la necesidad, los ciudadanos pudieron ocuparse del reino de la libertad. Lo que en el planteamiento citado se defiende ahora es que el ser humano es tan vulnerable y dependiente, tiene tal necesidad de cuidados, que la humanidad nunca podr librarse de una dosis importante de esclavitud si se trata de construir un reino de libertades ciudadanas basadas en la independencia civil. Pero esto es una evidencia materialista de lo ms elemental. No somos ngeles. Tenemos un cuerpo y un cuerpo bastante frgil. Pero lo que no est dicho es cmo vamos a distribuir las dosis de libertad y de esclavitud que son inevitables. Porque, ah est el asunto, en lugar de repartir por clases sociales o por diferencia sexual todo ese peso material de la vulnerabilidad, podramos repartirlo con criterios republicanos. Podemos repartir republicanamente toda las dosis de esclavitud (todo el mbito del trabajo sea productivo o reproductivo) que sean necesarias para permitir la libertad de la ciudadana, de una ciudadana consiguientemente universal, sin distinciones de clase, de raza o de sexo. Con bien sealaba Paul Lafargue, el yerno de Marx, actualmente las lanzaderas ya tejen solas (como quera Aristteles) gracias a la maquinaria. Sin la coercin del capitalismo, la jornada laboral podra reducirse a un mnimo. Eso no eliminara, desde luego, la necesidad de los cuidados, pues seguiramos siendo igualmente vulnerables y dependientes y alguien tendr siempre que limpiar el culo a los ancianos incapacitados. Pero tambin tendramos ms tiempo, ms recursos y ms alegra para ello. De todos modos, con capitalismo o sin l, en ningn sitio est escrito que el patriarcado tenga derecho alguno a repartir la esclavitud a su manera. Lo que parece obvio desde el punto de vista ilustrado es que todas las dosis de esclavitud que sigan haciendo falta para hacer posible una repblica de ciudadanos libres, iguales e independientes civilmente, tienen que repartirse con criterios racionales e igualitarios, y que son los hombres y las mujeres (obviamente mediante la discusin en el espacio pblico) los que tienen que decidir el marco legal que garantice que no haya discriminacin de clase, de raza o de sexo.

Creo que esto es lo que plantea siempre, con una sensatez incontestable Yayo Herrero, cuando se queja de que son mayoritariamente las mujeres las que estn asumiendo con trabajo una buena parte de lo que antes se cubra con servicios pblicos y cuando plantea, por ejemplo, discutir las leyes de Dependencia que proponen la posibilidad de pagar a las mujeres que cuidan en casa, planteando que la clave estara ms bien en que las mujeres que no quieran cuidar en casa dispongan de servicios pblicos para no verse obligadas a ello. Quizs haya que pagar en muchos casos, pero dotndose al mismo tiempo de unos buenos servicios pblicos. En definitiva: se trata, ante todo, de no abandonar el tema del reparto del trabajo y de los cuidados a la lgica familiar (donde las relaciones de poder son absolutamente desiguales). Este problema se soluciona con legislacin y con instituciones, ahondando en los derechos civiles, no sospechando de ellos.

En suma, no se puede acusar a la Ilustracin (por mucho que histricamente los ilustrados hayan sido mucho menos ilustrados de lo que pretendan) de pretender invisibilizar el mundo de los cuidados y las dependencias materiales del ser humano, inventndose un utpico ser independiente que no puede existir ms que como un privilegio (blanco y varn). Si ese mundo se ha invisibilizado ha sido porque haba poca Ilustracin, no demasiada. La Ilustracin (y mucho ms despus de Marx, ese tozudo ilustrado) est interesada ms bien en lo contrario, en sacar a la luz pblica el asunto y repartir con criterios republicanos acordes con la Declaracin de los derechos humanos, el cuidado de todas las franjas de vulnerabilidad del ser humano. Lo que es republicano es, por ejemplo, decidir si vamos a cuidarnos los dientes unos a otros o si eso lo vamos a dejar al arbitrio privado de cada cual. Si decidimos legislar para que los gastos de dentista sean acogidos por la seguridad social, estaremos tomando una decisin muy sensata con la vulnerabilidad de la dentadura humana, que es bastante mediocre. Todas las ignominias del reparto sexual del trabajo en el mbito domstico, respecto de la enfermedad, los nios o los ancianos, necesitan de una reeducacin ilustrada de primer orden, que venga, adems, lo ms blindada institucionalmente que sea posible.

Requiere todo ello de una reformulacin de lo que hay que entender por razn, hasta lograr que se haga sensible, esttica, humana o femenina? A m me parece que no. En absoluto es verdad que la razn ilustrada se desentendiera de lo esttico y emocional (otra cosa muy distinta es que algunos protagonistas histricos de la ilustracin se repartieran el pastel esttico a su manera, quedndose con la mejor parte). Tampoco es verdad, como se supone a veces, que la Ilustracin emprendiera una cruzada abstracta contra la diversidad y lo concreto. La Ilustracin no anunci la montona uniformidad de los campos de concentracin, sino la inslita diversidad de los seres libres. La universalidad de la Ilustracin no es para nada enemiga de la diversidad. Ms bien al contrario, es en el interior de esos pueblos indgenas tan diversos y particulares, en donde encontramos una uniformidad asfixiante, puesto, que, al fin y al cabo, el mundo de la costumbre se caracteriza por la repeticin uniforme de lo mismo, obedeciendo rdenes ancestrales casi siempre, por dems, patriarcales y, a veces, brutales. Casi toda la diversidad de este mundo ha surgido de un impulso ilustrado. Si la sociedad moderna ha trado tambin mucha uniformidad no ha sido por lo que tiene de ilustrada, sino por lo que tiene de capitalista. La ciudadana no tiene nada que ver con la proletarizacin, es ms bien su contrario directo. La independencia civil del ciudadano no tiene nada que ver con la supuesta autonoma del emprendedor neoliberal, que no es otra cosa que un proletario sin sindicatos que ya no est protegido por los convenios colectivos, un proletario que ha perdido, precisamente, su derecho laboral.

Pienso aqu tambin en Yayo Herrero, quien creo que considerara un sarcasmo la confusin entre el ciudadano postulado por la Ilustracin y el emprendedor neoliberal. Es este ltimo el que se levanta sobre la fantasa de la individualidad, en absoluto el primero. Es la figura del emprendedor la que ha dejado en el aire (aterrizando al final sobre el sexo femenino) todo el universo de cuidados que requiere la vulnerabilidad material del ser humano. La lgica de la ciudadana, por el contrario, lo que exigira sera un reparto republicano de esos cuidados, amparado por servicios pblicos cada vez ms eficaces y potentes, es decir, un fortalecimiento de cosas tales como la escuela y la sanidad pblicas, servicios estatales de guarderas, legislaciones blindadas sobre la dependencia, instituciones para los ancianos, amparo institucional para las mujeres maltratadas que les garantice una separacin real, alternativas institucionales contra la esclavitud sexual, etc. Si existe una diferencia entre liberalismo y republicanismo es que el primero cree proteger la libertad suprimiendo imperativos legales, mientras que el segundo est convencido de que la libertad slo se protege con las leyes. Pues, como deca un abate de no s qu siglo, entre el fuerte y el dbil, la libertad esclaviza y la ley libera.

Cuando se habla de este asunto de la diversidad y la uniformidad en referencia a la Ilustracin, hay una cosa que se entiende a menudo muy mal. A mis alumnos, suelo planterselo con el siguiente examen. Hay una frase de Condorcet que dice que una buena ley debe ser buena para todos los seres humanos, lo mismo que un teorema es verdadero para todos ellos. Eso parece anunciar mucha uniformidad. Hay otra frase de Kant que dice que nadie tiene derecho a obligarme a ser feliz a su manera. Eso parece anunciar mucha diversidad. Les pregunto si esas dos frases son compatibles o incompatibles. Es digno de verse las piruetas que hacen para argumentar al respecto en un sentido u otro. Sin embargo, algunos (en realidad, bastantes), dan con la respuesta correcta. No podra ocurrir que la nica ley que sera buena para todos los seres humanos fuera, precisamente, que nadie tiene derecho a obligarme a ser feliz a su modo? Por supuesto que es as, porque, en verdad, la frase de Kant es nada ms ni nada menos que el principio trascendental del derecho. Qu significa esto? Pues que la Ilustracin, lejos de ser una enemiga de la diversidad y de la concrecin, consiste en legitimarlas, protegerlas y potenciarlas. La Ilustracin es una cruzada a favor de lo concreto, lo diverso y lo sensible. Es una cruzada contra la abstraccin (no s cmo se puede entender lo contrario, la culpa seguramente es de la escuela de Frankfurt). Todo el mundo puede decidir ser feliz de la manera que mejor le parezca, individual o colectivamente, puede montar una tribu, abrazar un credo, o convertirse en el llanero solitario si eso le parece ms adecuado. Lo nico que la ley de la Ilustracin tiene que decir al respecto es que cada uno intente ser feliz a su manera con tal, eso s, de que no obligue a los dems a ser felices de esa manera (o de otra que se considere, desde no s qu atalaya religiosa o dogmtica, conveniente a la naturaleza de las mujeres, los negros, los pobres o los colonizados). Los hombres pueden intentar ser felices como les parezca, con tal de que por el camino no obliguen a las mujeres, con su manera de ser feliz, a lavar los platos o cuidar de los nios y los ancianos, recluidas en el espacio domstico. Por lo dems, ninguna objecin: pueden fundar un club de idiotas, una casa del pueblo, una comuna hippie o dedicarse a jugar al mus o ir a misa de ocho. Es curioso que siempre se acusa a la Ilustracin de pretender levantar una atalaya desde la que aleccionar a la poblacin sobre lo que debe o no debe hacerse. Y, efectivamente, la Ilustracin levanta una atalaya, s, pero para vigilar que no haya ninguna atalaya. Que no haya nadie obligando a los dems a vivir segn sus dogmas, sus creencias o su ideologa particular. Esto suena muy liberal, y, en efecto, es lo que tiene de bueno el liberalismo poltico (que no tiene nada que ver con el econmico). Pero el liberalismo no obliga a nadie a ser liberal. Quienes deseen vivir gregariamente, en un universo lleno de cuidados y emociones, con o sin MDMA, con o sin misas, con o sin lderes carismticos, tienen va libre para hacer lo que les salga de las narices con tal -eso s, eso por supuesto- de que por el camino no tengan la ocurrencia de obligar a nadie a vivir de una determinada manera que a ellos les convenga. La Ilustracin no anunci (como a veces parecen creer los entusiastas de La dialctica de la Ilustracin de Adorno y Horkheimer, un libro muy malo pero muy influyente) un mundo en el que la humanidad desfilara al unsono al paso de la oca cantando himnos militares en esperanto. Hizo todo lo contrario: se enfrent al dogmatismo religioso y al sectarismo porque no dejaban a la gente en paz. Claro, s, eso gener una suerte de uniformidad, pero una uniformidad de lo ms extraa. Todo el mundo se parece muchsimo en una cosa: en que es libre de hacer lo que le salga en gana. Un desfile de la Ilustracin sera una fiesta delirante, pues la gente ira a su aire y muchos se tumbaran a descansar para cuidarse muchsimo con muchas emociones y seguramente con mucha alegra.

La razn y el derecho es lo que tienen de bueno. Son tan independientes de quienes primero acierten a pronunciarlos histricamente, que, por ms que los franceses intenten que el derecho sea una cosa francesa, acaban imponindose los derechos humanos. Por ms que defiendan el sufragio censitario, acaba imponindose el universal. Por ms que defiendan el sufragio masculino, acaba conquistndose el femenino (o sea, ni masculino ni femenino). Que este indudable progreso tarde en llegar, que pueda incluso no llegar nunca, es desde luego una gran contrariedad. Pero el asunto es que si llega, nunca ya jams podr retroceder conforme a derecho, porque cuando un machista elitista o esclavista libera un argumento, una ley republicana, en realidad est liberando una flecha unidireccional con la que encauzar las cosas, que tarde o temprano, acabar por atropellarle tambin a l. En este sentido, la prctica feminista de los ltimos tiempos, es lo mejor que le ha pasado a la Ilustracin posiblemente desde hace dcadas, pero precisamente porque es una conquista ilustrada innegable. Y esto es lo que conviene poner firmemente sobre la mesa, y la historia de los ltimos tiempos debera habernos escarmentado al respecto. Porque ya hemos visto otras grandes conquistas ilustradas que, por contarse a s mismas que lo que estaban haciendo era dejar atrs la Ilustracin y sus sospechosas instituciones burguesas, al final han acabado retrocediendo. El ejemplo de la revolucin bolivariana en Amrica Latina es bastante locuaz: fueron los mejores representantes del republicanismo, a principios de los dos mil, pero un puado de gurs del pensamiento postcolonial, postmodernos y antieurocntricos, les convenci de que en vez de republicanizar y levantar instituciones irreversibles, lo que tenan que hacer era atrincherar comunitariamente chiringuitos voluntaristas y de base, no fuera que la universalidad de la Ilustracin acabara con la diversidad. En Venezuela tuvieron en sus manos incluso el poder legislativo, pero en lugar de ponerse a legislar y edificar instituciones estatales decidieron inventar en las calles algo mejor que el parlamento y el Estado, olvidando que en las calles, quienes realmente mandaban eran las mafias y la corrupcin, de modo que cuando todo se lo llev el viento, se quedaron ah, por supuesto, las mafias y la corrupcin.

Deca Concepcin Arenal, a finales del siglo XIX: No hay ms que una razn, una lgica, una verdad. El que quiera introducir la pluralidad donde la unidad es necesaria, introduce la injusticia y con ella la desventura. Desde luego, la tarea de distinguir en todo momento y en cada caso concreto lo que hay de universalidad y lo que hay de colonialismo, no es cosa fcil. Pero en este terreno es donde existe la posibilidad (por difcil que sea) de distinguir las derrotas de las victorias. Y eso es polticamente lo ms decisivo de todo.

Las luchas feministas son, sin duda, las que ms dosis de Ilustracin han logrado conquistar para la humanidad. Representan la mejor prueba de que la Ilustracin es posible y de que el vector del progreso moral del ser humano es un hecho incontestable. Hay que decir, adems, que lo que nos estamos jugando aqu (nada menos que una opresin del cincuenta por ciento de la humanidad que arrastramos desde el neoltico), es tan descomunal, tan inabarcable y tan antiguo, que no debe resultarnos extrao que, provisionalmente, el feminismo adopte en ocasiones algunas lgicas de guerra, de excepcin y de revolucin, en las que tener o no razn no siempre es lo ms decisivo. El otro da, en un espacio de nueve horas, murieron asesinadas cuatro mujeres en Espaa. Si se hubiera tratado de una banda terrorista extranjera, se habra declarado (con criterios de lo ms republicanos) el estado de excepcin. Y esto pasa cada semana. Los principios de la Ilustracin no son incompatibles con la excepcin, la urgencia y la estrategia. Lo nico que es preciso recordar en todo momento es que la excepcin es una excepcin y no una norma. Est en marcha una gran revolucin feminista y, como en todas las revoluciones, hay muchos vaivenes discutibles. Pero los que confiamos en la fuerza de la razn y en la coherencia de sus principios, no podemos renunciar a la esperanza de que, con todo ello, se est trabajando en el progreso moral de la humanidad.

Fuente: https://ctxt.es/es/20181003/Firmas/22055/feminismo-ilustracion-kant-carlos-fernandez-liria-cuidados.htm

 



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